El vapor del baño aún se aferraba a su piel cuando Gianni emergió, una silueta esculpida en agua y sombras. La ropa prestada: un suéter de cuello alto negro de lana fina, pantalones de vestir oscuros impecablemente cortados, yacía esperándolo como una armadura. No se vistió; se enfundó.
Cada movimiento fue deliberado, ritualístico, como un lobo frotándose con la hierba de un territorio ajeno para absorber su olor, para infiltrarse. Al deslizar la tela suave sobre su torso vendado (las heridas a