Sebastián me recogió en un auto discreto, gris, que olía a limpio y a tensión. Ni siquiera me saludó con un “felicidades”. Solo asintió cuando me subí y arrancó. Gael subió a otro auto detrás, y se mantuvo a una distancia prudente de nosotros. Solo iría a observar de lejos.
—Ella eligió un lugar público. Una cafetería en el centro comercial viejo. Mucha gente, muchas salidas —dijo, sus ojos escaneando los retrovisores cada tres segundos.
—¿Crees que es una trampa?
—Puede serlo —respondió—. Per