La casa estaba en silencio cuando entramos. Un silencio diferente al de antes. Más pesado, más nuestro. Los guardias se habían retirado a los puestos exteriores. La música y las voces del jardín se habían apagado. Solo quedábamos nosotros, el eco de nuestros votos y el vestido de novia que ahora me sentía como una segunda piel extraña.
Gael cerró la puerta del dormitorio con un clic suave. No hubo prisa. No hubo sonrisas. Solo nos miramos, prácticamente dos extraños que acababan de jurar una vida juntos en medio de una guerra.
—¿Estás bien? —preguntó, su voz baja.
—No lo sé —respondí, honesta. Mis manos temblaban un poco. No de miedo. De algo más profundo. De alivio. De terror. De una libertad extraña y nueva.
Él se acercó. Llevó las manos para desabrochar con dedos cuidadosos los pequeños botones de la espalda de mi vestido. Cada uno cedió con un chasquido suave. El tejido se abrió, dejando caer la seda por mis hombros hasta formar un charco marfil en el suelo. Estaba casi desnuda an