La llamada llegó a mi teléfono personal. Un número desconocido. Lo atendí sin pensar —estaba esperando una confirmación del florista, algo ridículo y normal en medio de todo este caos. Decidí decorar la casa con algunas flores frescas.
Pero no era el florista.
Era un video. Se abrió automáticamente.
La imagen era oscura, granulada, como filmada con un teléfono barato en un lugar sin luz. Pero se veía claro: Valeria. Sentada en una silla de metal, las manos atadas a la espalda, un trapo sucio en la boca. Su pelo, siempre tan rebelde, le caía sobre la cara. Tenía un moretón en la mejilla, pero sus ojos… sus ojos estaban abiertos, furiosos, brillando con rabia pura. No con miedo. Con desafío.
El video duró seis segundos. Luego, un mensaje de texto apareció debajo, con las palabras cortantes como cuchillas:
“Intercambio. Tú por ella. Ven sola, o la periodista muere. Te espero donde todo empezó para nosotros. Tienes una hora.”
Por alguna razón supe al instante que era Damian. Nadie más ma