La llamada llegó a mi teléfono personal. Un número desconocido. Lo atendí sin pensar —estaba esperando una confirmación del florista, algo ridículo y normal en medio de todo este caos. Decidí decorar la casa con algunas flores frescas.
Pero no era el florista.
Era un video. Se abrió automáticamente.
La imagen era oscura, granulada, como filmada con un teléfono barato en un lugar sin luz. Pero se veía claro: Valeria. Sentada en una silla de metal, las manos atadas a la espalda, un trapo sucio e