El silencio después de su pregunta era tan denso que podía sentirlo en los pulmones. Cada latido de mi corazón sonaba como un tambor de guerra dentro de mi pecho. Gael no se movía. Solo me miraba, esperando, y en sus ojos ya no veía al indiferente frío. Veía a un hombre tan atrapado en este enredo como yo.
Fue él quien finalmente habló, pero no con la voz que esperé. Lo hizo con una voz más baja, más desgastada.
—Tu silencio… duele más que si me hubieras escupido una mentira —dijo, y las palabras me atravesaron como agujas finas—. Porque significa que la respuesta está ahí, enterrada bajo algo que te aterra más que a mí. ¿Soy yo lo que te da miedo, Viatrix? ¿O es algo más?
La pregunta me desarmó por completo. Esto se sentía como una rendición de cuentas del alma, así que aproveché para desnudar la mía.
—¡Me da miedo que esto sea otra mentira! —las palabras salieron como un torrente, cargadas de todas las lágrimas que había estado tragando—. Me da miedo que me hayas dicho que no me am