El camino de vuelta a la cabaña se me hizo eterno. Cada paso pesaba más, como si las palabras de Damian—"No vas a llegar a ese altar"—fueran cadenas atadas a mis tobillos. El aire frío del mar ya no me despejaba; solo acentuaba el vacío helado que tenía dentro del pecho.
Cuando abrí la puerta, el corazón me dio un vuelco.
Gael ya había regresado. Estaba ahí, sentado en el sillón de la sala. Parecía que solo estaba esperando. Me miró al entrar, y su expresión era una de esas que no logro descifrar.
—Saliste —dijo. No era una pregunta.
—Sí —respondí, tratando de que mi voz sonara casual mientras dejaba las llaves en la mesa—. Solo di una vuelta por el pueblo. Necesitaba aire.
Mantuvo mi mirada un segundo más de lo normal. Sus ojos, esos ojos que veían demasiado, se posaron en los míos como si buscaran una grieta, un destello de la mentira. Mi sonrisa forzada debió parecerle patética.
Pero no presionó. Solo asintió, lenta y deliberadamente.
—Tenemos que adelantar la boda —declaró entonce