La tensión en la cabaña no se había ido después de mi confesión a Gael. Solo había cambiado de forma. Ahora era un alambre tenso entre nosotros, uno que podía vibrar con una verdad o romperse con una mentira. Él había salido poco después, diciendo solo: "No salgas. Hay cosas que debo resolver."
Su partida me dejó con los nervios a flor de piel, pero también con un extraño alivio. Habíamos cruzado una línea. Ya no estaba sola.
El teléfono vibró en mi mano, como si hubiera estado esperando el momento justo. Un número desconocido, pero lo conocía al instante. Lo había memorizado durante un año de llamadas cariñosas que ahora se sentían como un veneno lento.
Apreté los dientes y contesté.
—¿Qué quieres?
—¿Feliz con tu jugada, desgraciada? —La voz de Damian era un silbido lleno de odio, borracho de rabia y desesperación. No había rastro del hombre que alguna vez fingió ser—. ¡Me arruinaste! ¡Mi padre me va a desheredar, los acreedores están llamando a la puerta! ¡Todo por tu culpa!
—