El silencio duró una eternidad. Gael no se movió del marco de la puerta. No gritó. No avanzó hacia mí con esa furia que a veces podía sentir brotando de él como una energía palpable. Esta era peor. Era un silencio helado, denso, que llenaba la habitación y me apretaba el pecho hasta dejarme sin aire.
Yo seguía sentada en la cama, el teléfono como un pedazo de carbón ardiente en mi mano, la pantalla aún encendida con el titular que me delataba.
Fue él quien rompió el silencio, pero no como yo esperaba.
—Los medios que publicaron eso son míos —dijo, y su voz era tan plana, tan carente de emoción, que me erizó la piel —. Sebastián los llamó para 'verificar' la información anoche. Actuó por su cuenta, lo que jamás hace. A menos —aquí sus ojos, dos pedernales oscuros, se clavaron en los míos —que alguien con acceso a él y con un interés personal se lo pidiera. ¿Me vas a decir que fue una coincidencia, Viatrix?
Me tragué la saliva, que se sentía como vidrio molido. Mi mente buscó a tientas