Después del llanto me sentí vacía, como un globo desinflado. Tomé una ducha caliente que no logró descongelar el frío que tenía dentro. Me encerré en la habitación, la única de la cabaña. A través de la puerta, escuché ruidos en la cocina. Gael había vuelto. No salí. No podía mirarlo a la cara después de lo que había dicho.
Para distraerme—o castigarme—, revisé algunas redes sociales. Y ahí estaba, en la pantalla, como una bofetada: un artículo de una de esas páginas de cotilleo que solo leen los ricos para reírse de otros ricos. El titular me quemó los ojos: “El Heredero Hendrix y la Camarera: ¿Amor Verdadero o Cazafortunas?”.
No lo leí entero. No hacía falta. Las primeras líneas ya eran suficientes: hablaban de mi “ascenso meteórico”, de mi “humilde origen”, insinuaban que era una oportunista. El tono era despectivo, cruel, escrito para que gente como la familia de Gael asintiera con desdén. Sentí tanta rabia que temblé. No por mí, sino por la verdad retorcida que escondía: sí, ha