La caminata de regreso a la cabaña fue un silencio distinto. Antes era pesado, ahora era un vacío helado. El nombre Esmeralda flotaba entre nosotros, un fantasma que él había dejado salir y que ahora parecía ocupar todo el espacio.
Al entrar, la realidad de la cabaña me sorprendió. Era pequeña, acogedora, con una chimenea y muebles rústicos. Y una sola puerta que, supuse, conducía a la única habitación. Mi estómago se encogió de emoción. Después de lo que habíamos compartido, después del anillo, después de… todo, ¿ahora íbamos a compartir cama en este lugar remoto como si fuéramos una pareja normal?
Gael entró los equipajes y, sin mirarme, dijo:
—Tú tomas la habitación. Yo puedo dormir en el sofá.
Algo en mí se quebró. No fue solo la decepción. También rabia. Una rabia caliente y repentina que me subió por la garganta antes de que pudiera detenerla.
—¿Por qué? —pregunté, y mi voz sonó cortante en la quietud de la cabaña.
Él se detuvo, pero no se volvió.
—Es más cómodo para ti.