Salimos de la ciudad justo después del desastre en la mansión. Gael ni siquiera dijo a dónde íbamos, solo “recoge lo necesario”. Yo obedecí. Mi mente todavía daba vueltas con la imagen de Aldrick desmoronándose, de Damian petrificado, del silencio mortal que dejamos atrás.
El viaje fue largo. Gael manejó en silencio, la mandíbula apretada, los ojos fijos en la carretera. Cuando por fin frenamos, era casi de mañana ya. Delante de nosotros se extendía un puerto pequeño y privado, con una casa de