(Narrado por Valeria)
La podredumbre huele distinto según el barrio. En los bajos fondos huele a basura y desesperación. Pero en los clubes privados de los ricos apestados, huele a colonia cara cubriendo el sudor frío del miedo. Y Damian Hendrix sudaba ese miedo a mares.
Llevaba días siguiéndolo. Mi moto era mi sombra, y mi paciencia, un arma. El chico de oro ya no brillaba. Se movía como un ratón acorralado: miradas por encima del hombro, llamadas a escondidas, taxis en lugar de su Porsche. Algo lo tenía agarrado por el cuello, y mi instinto de periodista —y mi rabia de amiga— me decía que era algo más grande que una simple ruptura con Viatrix, o el hecho de que se descubriera su amante.
Esa noche lo seguí a El Escondite. No es un nombre original, pero para lo que es, funciona. Un club de juego clandestino disfrazado de bar de jazz elegante. Para entrar necesitabas conocer a alguien, o parecer que tu billetera pesaba más que tu sentido común. Damian entró como si fuera su segunda ca