El día llegó con una luz gris y fría que se coló por las ventanas. Desperté temprano, como siempre, costumbre de madrugar para ir a trabajar. Pero esta vez no estaba sola como cada mañana.
Gael dormía a mi lado en el sofá, boca abajo, un brazo pesado y cálido sobre mi cintura, anclándome a él incluso en el sueño. Lo miré. De verdad lo miré, sin el filtro del miedo o el plan.
Su rostro estaba relajado. Las líneas de tensión que siempre parecían talladas en su frente y alrededor de la boca se