El silencio dentro del auto de regreso era más ruidoso que cualquier discusión. Yo miraba por la ventana, viendo cómo los primeros goterones de lluvia estallaban contra el cristal. Gael conducía con esa concentración de siempre, pero podía sentir la tensión saliendo de él como una corriente eléctrica. La carta, ese papel rasgado que ahora guardaba sobre su corazón, era una presencia más en el coche.
Ninguno mencionó más la rasgadura. ¿Para qué? Las posibilidades eran tan horribles que flotaban entre nosotros sin necesidad de palabras. Aldrick, desesperado por ocultar al verdadero peligro. O Gael, protegiendo a otros de un nombre que no se debía conocer todavía. Cualquiera de las dos me daba escalofríos.
Llegamos a su casa—a nuestra casa, supongo ahora—justo cuando el cielo se abrió en serio. Corrimos desde el garaje hasta la puerta bajo un diluvio que nos empapó en segundos. Dentro, la oscuridad era casi total. La tormenta había tumbado un transformador en la zona.
Gael encendió un