El tiempo se congeló entre nosotros, suspendido en el polvo que danzaba en un rayo de luz gris. Yo, arrodillada en el suelo, el sobre de pergamino quemándome las manos. Él, de pie, mirándome como si ya hubiera leído el destino escrito en mi rostro.
Esperé que se acercara, que me quitara la carta, que cerrara de golpe esa puerta al pasado que yo había abierto sin querer.
No lo hizo.
En cambio, dio dos pasos lentos y pesados hacia el enorme sillón de cuero desgastado que había detrás del escri