Regresé a mi departamento con los pies pesados, como si el suelo se hubiera vuelto de plomo. El eco de las palabras de Gael aún resonaba en mi cabeza: “No quiero creerte.”No era una amenaza. Era peor: era un hecho. Y lo más doloroso era que tenía razón.
Cuando abrí la puerta, el olor a humedad y a soledad me golpeó como siempre. Pero esta vez, algo más flotaba en el aire: perfume caro y tensión. Damian estaba sentado en mi sofá, esperándome. Ahora más que nunca me arrepiento de haberle dado copia de la llave.
No se levantó. No me saludó. Solo me miró con esos ojos verde oscuro que antes me hacían sentir segura y ahora solo me helaban.
—¿Dónde estabas? —preguntó, su voz demasiado calmada.
—En una galería de arte—dije, dejando mis llaves en la mesa.
—Con él.
No era una pregunta. Se acercó. No olía a alcohol esta vez. Olía a colonia cara y a desesperación seca.
—¿Y? ¿Qué te dijo? ¿Te tocó? ¿Te prometió algo?
—No es así —respondí, alejándome hacia la cocina—. Solo hablamos.
—¿De