Regresé a mi departamento con los pies pesados, como si el suelo se hubiera vuelto de plomo. El eco de las palabras de Gael aún resonaba en mi cabeza: “No quiero creerte.”No era una amenaza. Era peor: era un hecho. Y lo más doloroso era que tenía razón.
Cuando abrí la puerta, el olor a humedad y a soledad me golpeó como siempre. Pero esta vez, algo más flotaba en el aire: perfume caro y tensión. Damian estaba sentado en mi sofá, esperándome. Ahora más que nunca me arrepiento de haberle dado co