Pasaron dos días desde que Gael me dejó frente a mi edificio. Dos días de silencio de su parte. Dos días de llamadas insistentes de Damian. Dos días en los que cada vez que sonaba mi teléfono, mi corazón daba un salto tonto, esperando que fuera él.
No era él.
Al tercer día, no aguanté más.
Estaba en el café, entre tazas y pedidos, cuando la imagen de Gael apoyado contra la barra de su cocina, mirándome con esos ojos que parecían ver más allá de mi piel, se volvió tan clara que casi dejé caer un