Pasaron dos días desde que Gael me dejó frente a mi edificio. Dos días de silencio de su parte. Dos días de llamadas insistentes de Damian. Dos días en los que cada vez que sonaba mi teléfono, mi corazón daba un salto tonto, esperando que fuera él.
No era él.
Al tercer día, no aguanté más.
Estaba en el café, entre tazas y pedidos, cuando la imagen de Gael apoyado contra la barra de su cocina, mirándome con esos ojos que parecían ver más allá de mi piel, se volvió tan clara que casi dejé caer una bandeja. No era solo atracción. Era algo más profundo, más peligroso. Era la necesidad de saber si lo que sentía—esa mezcla de miedo y deseo—era real o solo parte del juego.
Tomé mi teléfono durante mi descanso, en el frío almacén donde todo olía a café molido. Marqué el número que me había dado, el de su teléfono directo. No pensé. Solo lo hice.
Contestó al segundo tono.
—Diga.
Su voz era igual que en persona: grave, controlada, sin sorpresa.
—Gael. Soy yo. Viatrix.
—Lo sé —dijo. Había un lig