La ciudad olía a lluvia antes de que cayera. Un olor a tierra mojada y asfalto caliente que se colaba por la ventana de mi departamento mientras miraba el cielo oscurecerse. Tenía el teléfono en la mano, el mensaje ya escrito, sin enviar.
«¿Estás en tu casa? Necesito verte.»
Mentira. Lo que necesitaba era refugiarme. De Damian. De mi propia cabeza. Pero sobre todo, necesitaba seguir el plan. Acelerarlo, como Damian había pedido. Como mi miedo exigía.
Apreté enviar.
La respuesta llegó en menos de un minuto.
«*Dirección adjunta*
Lloverá dentro de poco. Ven antes.»
No preguntó por qué. No dudó. Simplemente me dejó entrar. Y esa confianza—o esa indiferencia—me hizo sentir aún más sucia.
Salí cuando las primeras gotas empezaron a caer. Para cuando llegué al vecindario privado donde vivía Gael, la tormenta estaba desatada. La lluvia caía en cortinas gruesas, torrencial, lavando las calles vacías de esta parte rica de la ciudad. Los árboles se doblaban bajo el viento, y los relámpago