Desperté en una cama que no era mía, con la luz del amanecer filtrándose por las persianas. Por un segundo, olvidé dónde estaba. Luego el olor me lo recordó: limpio, impersonal, a detergente caro y a nada más. El edificio de Gael.
Me senté. Escuché ruidos en la cocina. Me alisé el vestido que estoy usando desde ayer, arreglé mi pelo lo mejor que pude con los dedos, y salí.
Él estaba allí. De pie frente a la estufa, moviendo algo en un sartén. Ya vestido, impecable como siempre, como si no hubie