Desperté en una cama que no era mía, con la luz del amanecer filtrándose por las persianas. Por un segundo, olvidé dónde estaba. Luego el olor me lo recordó: limpio, impersonal, a detergente caro y a nada más. El edificio de Gael.
Me senté. Escuché ruidos en la cocina. Me alisé el vestido que estoy usando desde ayer, arreglé mi pelo lo mejor que pude con los dedos, y salí.
Él estaba allí. De pie frente a la estufa, moviendo algo en un sartén. Ya vestido, impecable como siempre, como si no hubiera pasado la noche en vela. Pero lo supe. Lo supe por la manera en que sus hombros estaban un poco más caídos, por la taza de café vacía y otra llena al lado. Por la luz de la laptop aún encendida en la mesa del comedor.
—Buenos días —dije, mi voz ronca por el sueño.
Gael giró la cabeza, notándome.
—Hay café —dijo, volviendo al sartén.
Me serví una taza. Me senté en la isla de la cocina, mirándolo mover huevos revueltos con una precisión que me pareció absurda. Todo en él era diestro, incluso es