Pasamos dos días sin ver a Víctor.
Dos días en los que su imagen no se borraba de mi cabeza. Esa mezcla de culpa y desafío en sus ojos cuando le pregunté si era diferente de los que cazaba. La forma en que no pudo responder.
Quería odiarlo. Quería creer que era un monstruo y olvidarme de él. Pero algo me decía que la verdad era más complicada.
Y entonces, Víctor apareció.
No llamó. No avisó. Como siempre. Pero esta vez no vino con exigencias ni con pruebas. Vino con algo que no esperaba: una hi