Los días siguientes fueron un torbellino de papeles, llamadas y miradas de reojo.
La casa se convirtió en un cuartel general. Sebastián llegaba cada mañana con su laptop y miles de documentos viejos. Valeria se mudó prácticamente a nuestra sala, con sus archivos, sus contactos y su café interminable.
Y Gael... Gael era el general de este ejército improvisado.
—El fiscal que usaremos para meter a estas ratas a la carcel se llama Orlando —dijo una tarde, reuniéndonos alrededor de la mesa—. Ha tra