El teléfono sonó a las seis de la mañana.
Era un sonido insistente, urgente, como un perro ladrando a la puerta. Gael lo alcanzó antes de que yo pudiera abrir los ojos del todo.
—¿Sí?
Escuchó. Su cuerpo se tensó a mi lado. Esa tensión que ya conocía, la del depredador que huele peligro.
—¿Heridos? —preguntó—. ¿Seguro?
Otra pausa. Luego colgó.
—¿Qué pasa? —pregunté, incorporándome con dificultad. Cinco meses de embarazo son cinco meses de aprender que ya no puedes levantarte de un salto.
Gael me