La noche posterior a la fiesta, y al beso de Elena a su amante, no terminó realmente cuando los invitados se marcharon. Continuó, pesada, espesa, como un humo que se quedó adherido a cada persona involucrada. Para Gabriel Montenegro, esa noche se transformó en una pesadilla silenciosa que él mismo había alimentado con sus decisiones.
Volvió a casa recién al amanecer. El cielo estaba gris, una llovizna leve humedecía el aire, y las calles tenían ese silencio opaco de un domingo que nadie quiere