CAPÍTULO 15

La noche posterior a la fiesta, y al beso de Elena a su amante, no terminó realmente cuando los invitados se marcharon. Continuó, pesada, espesa, como un humo que se quedó adherido a cada persona involucrada. Para Gabriel Montenegro, esa noche se transformó en una pesadilla silenciosa que él mismo había alimentado con sus decisiones.

Volvió a casa recién al amanecer. El cielo estaba gris, una llovizna leve humedecía el aire, y las calles tenían ese silencio opaco de un domingo que nadie quiere
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