Había llegado la hora del almuerzo y, justo cuando me disponía a levantarme de mi escritorio, Regina apareció frente a nosotras con cara de pocos amigos.
—Chicas. A la sala de juntas. Ahora.
Lucero y yo intercambiamos una mirada de confusión, pero no dijimos nada. Le seguimos el paso en silencio, sintiendo la tensión pegarse a la piel como humedad espesa. Al llegar, Regina cerró la puerta con un golpe seco.
—¿Sucede algo, Regina? —preguntó Lucero con cautela—. ¿Por qué estás así?
—¡Por esto! —e