El silencio se apoderó de la mesa. Solo el tenue tintineo de los cubiertos y los murmullos lejanos de otras conversaciones llenaban el vacío que había dejado la noticia.
Claudia fue la primera en reaccionar. Enderezó la espalda y se limpió la comisura de los labios con la servilleta, con movimientos calculados.
—¿Cuánto tiempo tienes? —preguntó, sin levantar la voz, pero con una tensión clara en su tono.
—Apenas unas semanas —respondí, intentando mantener la calma.
—¿Y tú ya lo sabías? —se diri