Danae al fin se había calmado. Su llanto suave se fue convirtiendo en pequeños suspiros cansados, esos que siempre me recuerdan lo frágil y a la vez tan fuerte que puede ser una vida tan pequeña. Ivanna la meció unos segundos más y, cuando la niña cerró sus ojitos, llamó a Nana, su enfermera de confianza, para que se quedara con ella en su habitación.
Jimena seguía allí, en medio de la sala, erguida como un monumento a la culpa que siempre me había lanzado encima.
No pude mirarla.
No todavía.
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