El día había comenzado tranquilo, con una agenda apretada pero manejable. Estaba revisando informes en mi oficina cuando Marlon irrumpió sin tocar, como solía hacerlo cuando algo no podía esperar.
—Tenemos que hablar —dijo, y su tono bastó para que dejara el bolígrafo sobre el escritorio.
Alzó una revista, doblada por la mitad, y la dejó caer frente a mí. La portada me sacudió el cuerpo como un golpe seco.
Yo, en el balcón. Mi mano en el rostro de Ivanna. El maldito beso en la comisura.
—¿De dó