La casa estaba en silencio, como si respetara la calma tibia de un domingo sin compromisos. La lluvia había comenzado a caer con lentitud, pintando la ventana con pequeñas líneas plateadas. Afuera, el mundo parecía en pausa. Adentro, Aitana revolvía una olla de sopa mientras Ámbar, con los pies descalzos sobre el sofá, escribía algo en su cuaderno de tareas.
-Mamá... -dijo, sin levantar la vista-. ¿Alguna vez hiciste algo que todavía te duela, aunque ya pasó?
Aitana paró la cuchara en el aire.