La primera vez que Aitana se tatuó lo hizo por impulso.
Tenía veinte años, un corazón roto, y la sensación urgente de querer marcar algo que la distrajera del dolor. Eligió una palabra corta, mal definida, con un trazo delgado en la costilla: "libre". Irónicamente, en ese entonces, no lo era.
Desde entonces, el tatuaje había quedado ahí, como una especie de promesa no cumplida. Una cicatriz decorada. Una mentira que con el tiempo se volvió un recordatorio.
Ahora, quince años después, estaba sen