El despertador no sonó esa mañana. O sí lo hizo, pero Aitana lo ignoró. Había dormido poco, mal y con la mente encendida como una máquina que ya no sabía cómo apagarse. La luz del sol entraba tibia por la ventana, y aun así, no encontró motivación para levantarse.
No era depresión. No era tristeza. Era... agotamiento. Un hartazgo mudo y lento que le caminaba por dentro desde hacía semanas.
Tenía la agenda llena: entrevistas, pedidos de colaboración, talleres, reuniones con marcas. La línea de e