El cielo tenía ese tono plomo de las tardes sin respuestas. Aitana no tenía citas ese día. Había cancelado todo. Necesitaba silencio. Calmar de una vez el ruido de la mente.
Preparó un té negro, encendió una vela aromática, y se sentó en el rincón junto a la ventana con su cuaderno, el mismo donde había empezado a escribirle cartas a su hija. Se quedó mirando el papel en blanco durante largos minutos. No quería escribirle a Ámbar esta vez. Ni a sí misma. Quería escribirle a él. A Iker. Aunque n