El tren costero se alejaba lentamente de la estación, mientras la brisa cálida del sur comenzaba a filtrarse por las ventanas abiertas del vagón. Aitana sostenía la mano de Ámbar con fuerza suave, como si el trayecto fuera también una forma de soltar miedos antiguos. El equipaje era mínimo: una mochila con protector solar, libros, un vestido de repuesto y las ganas de desaparecer, por unos días, del mundo que siempre exigía más.
-¿Cuánto falta para ver el mar? -preguntó Ámbar, casi susurrando.