Era el día.
El día en que su vida tomaría un giro irreversible, o al menos eso parecía. Se levantó de la cama, sus movimientos lentos, como si cada músculo se negara a cooperar. El vestido, tan hermoso y tan ominoso, colgaba de un perchero, una silueta blanca que esperaba su destino, al igual que sus hermosos tacones blancos.
En otra parte de California, en su lujoso penthouse, Robert Blackwood se miraba al espejo. Su esmoquin negro le sentaba a la perfección, realzando su figura imponente.
Una