El diamante brillaba, obsceno en su opulencia, mientras Robert Blackwood permanecía arrodillado. Las miradas de los otros comensales se clavaban en Jade, una mezcla de curiosidad, envidia y, en algunos casos, lástima. El corazón de Jade martilleaba contra sus costillas, una mezcla de sorpresa, incomodidad y una furia fría.
—Robert… levántate —susurró, su voz apenas audible, un matiz de desesperación en ella. No podía creer lo que estaba pasando.
Pero Robert no se movió. Sus ojos, llenos de una