El grito de Jade se ahogó en la oscuridad del jardín, un lamento solitario que se elevó hacia el cielo estrellado de California. Su padre, Morgan, yacía inmóvil entre los rosales con una mancha de sangre en su sien como un presagio aterrador. El terror se apoderó de ella, un miedo tan primario que paralizó su mente por un instante y que la llevó a temblar de pies a cabeza.
—¡Papá! ¡Papá, por favor! —suplicó, sus manos temblaban mientras palpaba su rostro pálido. La piel de Morgan estaba fría, y