La tarde cayó con un aire húmedo y denso, como si el viento presintiera que algo incómodo estaba por llegar. Y no se equivocaba.
Doña Hortensia caminaba por la finca con ese brillo extraño en los ojos. Uno que Leonel ya conocía demasiado bien: el brillo del control, de la estrategia, de una jugada planeada.
—Esta noche cenaremos en el salón principal. Tenemos una invitada especial. Quiero que estés presente, bien vestido —ordenó, sin esperar respuesta.
Leonel, cubierto de tierra tras horas de t