El silencio del invierno tardío había transformado los corredores de Colmillo de Plata en un santuario de mármol, piedra y metal pulido. En la biblioteca imperial, donde miles de tomos en piel de becerro y rollos de pergamino arancelario se alineaban en estanterías de ébano que alcanzaban el techo de la bóveda, la actividad no se detenía. La gran unificación había traído consigo un volumen inmenso de registros contables, tratados comerciales y mapas cartográficos revisados que requerían la supe