El deshielo definitivo de la cordillera trajo consigo no solo el rugido de los ríos de montaña, sino una claridad resplandeciente que bañaba los picos de Colmillo de Plata en tonos de bismuto y oro. La gran unificación del imperio había alcanzado su punto de equilibrio perfecto: la paz no se respiraba como un tregua frágil, sino como una ley natural, inalterable y profundamente arraigada desde las tundras del norte hasta los viñedos del sur.
En la gran galería superior, cuyas arcadas de granito