El silencio de las altas cumbres siberianas poseía una cualidad casi sagrada cuando la ventisca del mediodía cedía ante el sol de invierno. En los miradores más elevados de la Fortaleza del Eco, a cientos de leguas al sur de Colmillo de Plata, el aire era tan limpio que permitía divisar los límites septentrionales de los antiguos viñedos de la Casa Valois. El paisaje, otrora convulso por el ir y venir de mercenarios y carros de contrabando, lucía ahora atravesado por calzadas de piedra rúnica p