La luz del atardecer siberiano se teñía de un violeta denso sobre los contrafuertes de Colmillo de Plata. El viento del norte, habitualmente furioso en las crestas superiores, se había reducido a un murmullo helado que apenas hacía temblar los grandes estandartes de la Casa Auren. En el gran salón del consejo imperial, iluminado por la luminiscencia azulada de tres enormes cristales de bismuto rúnico suspendidos del techo, la pareja imperial ultimaba el mapa administrativo de la nueva década.
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