El amanecer sobre las crestas de Colmillo de Plata trajo consigo un silencio majestuoso, roto únicamente por el crujido metálico de los estandartes imperiales agitándose contra el viento del norte. La gran plaza de armas, esculpida directamente en el granito de la montaña y bordeada por parapetos de bismuto rúnico, se hallaba abarrotada de punta a punta. Tres regimientos de la manada pura, con sus armaduras pesadas de bronce y hierro pulido, permanecían formados en bloques geométricos perfectos