Mundo ficciónIniciar sesiónCiara Haslye, una joven de 25 años, se ve obligada a encontrar trabajo con urgencia para sostener a sus dos hermanas menores y saldar las deudas que dejó la muerte de su padre. La suerte parece sonreírle cuando recibe una oferta en una prestigiosa empresa de Miami. Pero esa aparente fortuna viene acompañada de una sombra. Lo que Ciara ignora es que su nuevo jefe será el hombre que trastocará su mundo por completo, arrastrándola hacia el deseo y el pecado. Dominick Müller no será el único que la hará caer: otro miembro de esa familia, un hombre de mirada verde y alma peligrosa, le revelará que el corazón puede albergar más de un amor... y más de una condena. Todo comenzó con un contrato: jefe y asistente. Pero terminará con una presa rodeada de cazadores que, lejos de devorarla, la harán disfrutar cada rincón del infierno.
Leer másSiento el corazón en la garganta. Suelto un suspiro mientras permito que el frío del aire acondicionado me abrace. La alarma de mi celular suena desde la mesa de noche, avisándome que ya son las seis de la mañana.
«Es hora de despertar a las niñas».
Me quedo unos minutos más mirando por la ventana antes de darme la vuelta y caminar hacia las escaleras. Trotó por el pequeño pasillo y abro la puerta de la habitación de Bella. La pequeña de nueve años —pronto diez— duerme como una princesa, abrazada al peluche que ganó hace un año en la feria.
—Buenos días, princesita —murmuro, apartándole los mechones negros de la frente—. Es hora de despertar.
Ella balbucea algo inaudible y se da la vuelta, haciéndome reír.
—Llegarás tarde al colegio... —Mimir más... —murmura—. Sueño...
Me subo a la cama para acercarme a ella y empiezo a llenarle el rostro de besos.
—¡Hmm! Ciara... —Ahora sí, pequeña —beso su nariz. Empieza a restregarse los ojos y le aparto los puños para que no se lastime—. ¿Estás lista para este gran día?
Sus ojos azules chocan con los míos y una sonrisa adormilada aparece en sus labios.
—Venga, a moverse. —Voy... —La veo bostezar antes de bajar de la cama y caminar perezosamente hacia el baño.
Al verla entrar, me dirijo a la habitación de Leah. Al abrir la puerta, la encuentro dormida boca abajo, con los brazos y piernas abiertos; un hilo de saliva moja su almohada. El cuarto es un caos: pilas de ropa en las esquinas, el escritorio invadido por libros y papeles con anotaciones. Lo único ordenado es su repisa de libros, lo único limpio en este "chiquero".
Camino apartando camisas y zapatos con la punta de mis pantuflas hasta llegar a la cama, donde noto las ligeras ojeras bajo sus ojos.
—Leah... —Shhh, ya estoy despierta. Solo estoy descansando los ojos —murmura. Aprieto los labios para no reír. —¿Cuánto dormiste? —Me acabo de acostar.
No puedo evitarlo y suelto una carcajada, haciendo que abra un ojo.
—¿Te estás riendo de mí, "Cerillo"? —Exactamente, "Lentes".
Frunce el ceño abriendo su ojo color avellana. Gruñe antes de darse la vuelta.
—Tienes que despertar. —Ya lo sé... para ir al infierno que llaman escuela —masculla—. ¿Qué mal hice en mi otra vida para merecer esto? —Tienes que dormir más y leer menos —comento, revolviéndole el cabello hasta que intenta apartarme de un manotazo. —Los libros son la única razón por la cual no me he pegado un tiro en la frente.
Me pongo de pie negando con la cabeza. —Sí, sí, lo que digas, pero debes estudiar para que luego me mantengas —digo abriendo la puerta—. Ya sabes, para devolverme el favor.
Suelta una carcajada, apoyándose en los codos para mirarme. —Para eso no necesito estudiar. Solo me busco un viejito multimillonario a punto de morir, me caso con él, dejo que la naturaleza haga lo suyo y ¡pum! Nueva millonaria. —Prefiero que estudies y no te vuelvas asesina. —Pero millonaria... —¡Estudia, Leah!
Salgo cerrando la puerta tras de mí mientras escucho su queja. Suspiro y me dirijo a mi habitación para prepararme.
Dejo el plato con cereal en la barra. Bella me sonríe mientras se sienta en una de las sillas. Va vestida con una camisa blanca de manga larga, una braga de falda beige y botas marrones. Tiene el cabello suelto; esperaré a que coma para peinarla.
—Come y luego te arreglo. —Vale —responde, sirviéndose la leche.
Tomo una tostada. Escucho pasos apresurados y, antes de que pueda pedir silencio, el ruido estalla.
—¡Buenos días, familia! —Leah salta golpeando el marco de la cocina antes de aterrizar y regalarme una sonrisa amistosa.
Niego con desaprobación, pero ella me ignora y saca una manzana del refrigerador.
—Buenos días, basilisco —le jala el moflete a Bella, quien hace un puchero.
Leah lleva el cabello enredado y una camiseta blanca con mangas negras que tiene un diablo rojo estampado. No tengo idea de dónde sacó esa prenda y prefiero no preguntar. Completa el look con sus pantalones negros rotos, unas Converse y una púa de guitarra colgando del cuello.
—¿Las llevo yo hoy? —pregunta. Niego mientras mastico. —Hoy puedo llevarlas yo. —¿En serio? ¡Dios me ha escuchado! —me interrumpe, poniéndose de rodillas y mirando al techo—. Un auto siempre será mejor que el autobús, Ciara. Tenlo en cuenta, te servirá cuando crezcas.
Bella ríe por su ocurrencia. —¿Hoy es tu cita, verdad? —pregunta la pequeña. Mi hermana gira la cabeza hacia mí como si estuviera poseída. —¿Cuál cita? —me mira con los ojos como platos. —Sí, pequeña —le paso un plato con tostadas a Leah—. Y no es una cita, es una entrevista.
La pelinegra se lleva la mano al pecho, dramática. —Pensé que al fin el universo nos había enviado a un millonario sexy que nos sacara de la pobreza... —No todo en la vida es dinero, Leah. —El mundo gira gracias al dinero, Ciara —sentencia, colocando una bolsa negra sobre la mesa—. Pero eso es lo que tú no ves.
Se da la vuelta para tomar una tostada. Abro la bolsa y me encuentro con siete fajos de billetes. Mi mirada se entristece de inmediato.
—Leah... —No te preocupes, lo gané legalmente. Tú encárgate de pagar la cuenta del hospital —me guiña un ojo antes de tomar el cepillo—. ¿Qué haremos hoy con este cabello? —le dice a Bella—. ¿Unas trenzas? ¡Ya lo tengo! Dos coletas que luego convertiremos en trenzas. Serás la envidia de todas. —Eso siempre —responde Bella con orgullo. —¡Esa es la actitud, "Botella"! ¡Dame esos cinco!
Veo a ambas reír mientras tomo una respiración profunda.
Bruno Mars suena a todo volumen en la radio mientras cantamos a todo pulmón. La canción termina justo cuando me estaciono frente a la escuela.
—Por favor, pórtense bien. Saben que... —Que lo necesitas. Lo sabemos —Leah me sonríe con tranquilidad y pone sus manos sobre mis hombros—. Olvida lo negativo y piensa en positivo. Así obtendrás el puesto. —¿Te dices eso a ti misma cuando tienes examen? —No, para eso uso las líneas de Cars. Ya sabes: ¡Soy veloz!
Me saca una carcajada. —Lo harás muy bien, Ciara. —Lo haré bien —repito, más para mí que para ella.
Ella se coloca unos lentes oscuros. —Sin presiones. Recuerda: tienes que mantenernos. —Leah, no ayudas.
Me deja un beso ruidoso en la mejilla y suelta el cinturón de Bella, quien también se asoma para besarme. La pequeña une su frente a la mía en un gesto de concentración.
—Te he pasado toda mi buena suerte. —Wow, es cierto, me siento llena de energía —bromeo mirando mis manos—. Gracias, cariño. —¡Todo irá bien! —chilla emocionada—. ¡Tendrás el trabajo e iremos por helado!
Se despiden con la mano y desaparecen tras la puerta del colegio. Suspiro sintiendo cómo la soledad —y los nervios— me invaden. Ahora no es solo por necesidad; es por ellas.
Veo el reloj: 8:15 a.m. Debo estar allí a las 9:20. Me incorporo a la carretera mientras reviso mentalmente si traigo todo. Llego a tiempo. El edificio es imponente, de color negro. Las puertas tienen una "M" dentro de un círculo gris brillante, custodiadas por dos hombres de traje. Tras pasar por el detector de metales, me acerco a la recepción.
—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarla? —pregunta la recepcionista, impecablemente maquillada. —Vengo a una entrevista con el señor Müller.
La chica teclea en un ordenador que parece costar más que mi casa. —Aquí está. ¿Ciara Haslye? —La misma. —Por favor, sígame.
La sigo hacia los ascensores. Me entrega una identificación de "Visitante" con mi nombre. Al llegar al último piso, me encuentro con un diseño elegante de paredes blancas y figuras triangulares. Una mujer de cabello castaño me recibe con una sonrisa.
—¡Hola! ¿Eres la señorita Haslye? Soy Lara Müller, la hermana menor del hombre que vas a ver —señala la puerta tras ella. —Un placer. —Antes que nada, Ciara, olvida cualquier idea preconcebida sobre mi hermano. Él solo necesita una secretaria, no una mujer con la cual... bueno, ya sabes.
Me quedo helada. —Señorita Müller, lamento si cree que he venido a eso. He venido porque necesito el trabajo y quiero aprovechar la oportunidad.
Ella suspira aliviada. —Dios, al fin alguien coherente. Perdóname, pero la mayoría de las que vienen intentan coquetearle y tengo que ser clara. —No se preocupe, entiendo.
Lara entra a avisar y yo me quedo sola, revisando mi aspecto. ¿Mi vestido ocre y mis botas serán lo suficientemente profesionales? Debería haber traído los tacones, aunque me maten los pies. Me toco el cabello, esperando que las trenzas que me hizo Leah sigan intactas.
—¿Ciara? —Lara vuelve a salir—. Mi hermano te espera. No estés nerviosa, no muerde.
Entro a la inmensa oficina. Mi celular vibra: es un mensaje de Leah. «¡Tú puedes con todo, Ciara! ¡El Rayo McQueen te lo dice! ¡Cuchau!»
Suelto una risita que disipa mis nervios, pero un carraspeo me devuelve a la realidad. Alzo la vista y me topo con una mirada gris que me deja petrificada.
Es... increíble. Cabello negro, una barba perfecta y una presencia imponente.
—Señorita Haslye, por favor, tome asiento.
Me siento frente al escritorio, tratando de que no se me caiga la mandíbula. —Gracias por la oportunidad, señor Müller. —He leído su currículum —dice, mientras cruza sus fuertes brazos—. Trabajó en administración, en una tienda de animales y casi nueve años en DIRIXUS. Es un buen historial.
Asiento, aunque mi primer trabajo no fue exactamente de administradora, pero no es momento de corregir detalles menores.
—Quiero dejar algunas cosas claras —continúa él—. Tendría que llegar antes de las seis para preparar todo. Quizás le parezca temprano... —No hay problema, estoy acostumbrada. Podría venir incluso a las cinco... —Suelto sin pensar.
Él sonríe con diversión y yo me maldigo internamente. —Con las seis está bien. No tolero la impuntualidad. Su horario será de 6:00 a.m. a 7:00 p.m. El pago es de un millón al mes...
¿Dijo un millón? El alma casi se me sale del cuerpo. Sigue hablando, pero solo atino a asentir. No solo es atractivo, sino que parece justo. Los métodos de "manifestación" de Leah parecen haber funcionado.
—¿Le parece bien, señorita Haslye? —Por supuesto, señor Müller —respondo, sin estar segura de qué más dijo. —Entonces el trabajo es suyo. ¿Cuándo podría empezar? —Ahora mismo, si quiere.
Él sonríe y suspira. —Prefiero que descanse hoy y mañana esté aquí a primera hora. Aquí tiene el contrato.
Saco mis lentes para leer, reviso los términos y firmo con la mano temblando de emoción. Al terminar, me pongo de pie y, en un impulso de pura felicidad, lo abrazo. Su cuerpo se tensa de inmediato.
—¡Lo siento! Yo... lo lamento, es la emoción. —No pasa nada, señorita Haslye —responde él, con un gesto extraño en su garganta—. La espero mañana. Tenga un buen día.
Salgo de allí flotando. Al llegar a casa, compro de todo en el supermercado, tal como hacía papá cuando las cosas iban bien. Preparo un pastel y limpio la casa bailando. Cuando las niñas llegan, me miran como si estuviera loca.
—¿A quién asaltaste? —pregunta Leah, viendo las bolsas de comida—. ¿Llamo al psiquiátrico? —Tengo el trabajo —la interrumpo. —¿Qué? —¡Me dieron el trabajo! ¡Tengo el maldito trabajo!
Bella corre a abrazarme emocionada. —¡Lo sabía! ¡Mi buena suerte funcionó! —grita la pequeña. —Y de ahora en adelante, esa alacena siempre estará llena —prometo besando su frente.
Leah finalmente reacciona, se quita los lentes y me abraza con fuerza. —¡Diosa bendita, me has escuchado!
Las tres reímos y devoramos el pastel mientras vemos una maratón de películas. Al final del día, después de acostar a Bella, me preparo. Mañana empieza mi nueva vida.
Draben.El sonido del oleaje rompiendo contra los acantilados de la isla era lo único que llenaba el vacío de la estancia. Dentro de la casa, el aire estaba cargado, denso como el vaho antes de una tormenta.Mis ojos estaban en la nada, me encontraba sentado en el extremo del sofá, con la espalda rígida y las manos entrelazadas con tanta fuerza que mis nudillos habían perdido el color. Llevaba ya demasiado tiempo en este lugar, mucho y eso no me gustaba. No había forma de salir de aquí, y no tenía manera de comunicarme con el exterior ya que el idiota de mi hermano me había quitado el celular.En pocas palabras, estaba secuestrado.—Draben, por favor... come algo. No has probado nada desde que te levantaste.La voz de Ciara era suave, casi un susurro. Ella se acercó con paso lento, sosteniendo una pequeña bandeja con frutas y agua. Al sentir su presencia, me tense. No moví mis ojos pero podía ver exactamente todo lo que ella estaba haciendo. Cuando ella intentó sentarse a mi lado, a
Draben.Mi cabeza duele y abro los ojos al despertar.Me cuesta unos minutos acostumbrarme a estar despierto, miro a mi alrededor notando que estoy en lo que parece una habitación, a mis oidos llega el sonido de olas lo cual me confunde al igual que el olor salado que hay en el aire.Me levanto de la cama notando que tengo puesta un pijama, recueedo muy bien me acerco a una de las tantas puertas que hay en la habitación y me encuentro con un ventanal y por el noto que estamos en una la playa.Cierro los ojos unos minutos sosteniendome de las puertas de ese lugar, respiro profundo antes de cerrarlas y salir de la habitación y caminar por la casa que conozco perfectamente.Esto es ridículo.Bajo las escaleras notando que la casa sigue decorada igual que la ultima vez que estuve aquí. No hay nadie en este lugar y llega un momento en el que pienso que estoy solo en este lugar pero el ruido en la cocina me hace saber que no es así.Al llegar a la cocina me encuentro a Ciara junto a Domini
Draben.Subo las escaleras de la mansión lo más rápido que puedo mientras mi corazón retumba como un loco dentro de mi pecho.A la mierda, que más da.Dominick ya me abandono una vez y no morí por eso.A Ciara la podré olvidar.Nadie muere por un maldito corazón roto.Me desahogo de la corbata de mi traje mientras observo que cerca no haya nadie. Ignoro el nudo en mi garganta que hace que se me haga difícil ignorar el dolor que estoy experimentando al saber que tendré que irme para así alejarme de esos dos.Malditasea el día que me enamore de esa mujer.Malditasea el día en el que la cague.Sostengo la tela en mi mano parpadeando varias veces para quitarme las lágrimas que a fuerza quieren salir. Tomo respiraciones profundas mientras doy pasos largos entrando a uno de los pasillos que me llevarán a las habitaciones.Haré una pequeña maleta donde meteré algo de ropa y me ire a alguna de las mansiones que tengo, me quedaré lo que haga falta hasta poder acomodar mis jodidos sentimientos
Shananet.Cuando me enamore de Dominick y supe quién era sabía que mi vida no volvería a tener paz.Ser pareja de un mafioso te marca de forma inimaginable, te cambia la vida y la forma de ver a las personas, empiezas a notar aquello que las autoridades y demás personas de poder tratan de ocultar.Sabía muy bien que estar con él me traería problemas pero el amor que sentía por el me hizo llenarme de valor y enfrentarme a eso, tuve días felices y dias tristes a su lado, y que alejarme de mi familia para que no salieran afectados ya que yo era su talon de Aquiles.Pero cuando quede embarazada de nuestros hijos... No pude seguir en ese mundo y al parecer él tampoco, puesto que dejo todo para criar a nuestros bebés en un buen ambiente.Fui feliz esos días, teniendo una vida normal sin el miedo de que lastimaran a mis niños, y quería que tanta felicidad fuera eterna, pero al lado de aquel hombre no podría suceder, así que nos divorciamos cuando supimos que el amor que nos teníamos ya no ex





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