Su risa enfermiza, incluso con la sangre escurriéndole por las comisuras de la boca, me puso la piel de gallina.
— Tu noviecito me hizo esto, Ariel —susurró, escupiendo más sangre antes de soltar otra carcajada, áspera y amarga—. Eres tan estúpida por creer que él no sería capaz de algo así.
Contuve la respiración, el estómago revuelto. Oír eso de la boca de Thomaz, con esa sonrisa retorcida, hacía que todo pesara aún más.
— Te lo mereces —murmuré, forzando mi voz a sonar firme aunque por dentr