—¿Cómo demonios te has soltado? —gruñó Christian, apuntándole con el arma.
Thomaz soltó una risa baja, cínica.
—¿De verdad crees que puedes confiar en todo el mundo, Christian?
—¡Thomaz, suéltame! —grité, intentando me zafar, pero él presionaba un trozo de vidrio contra mi cuello. El toque frío y afilado cortaba mi piel, y un escalofrío me recorrió entera cuando sentí la punta perforar ligeramente.
—Quédate quieta, Ariel —su voz rezumaba amenaza, y el olor a sangre mezclado con su sudor me revo