Capítulo treinta y cinco. Un sueño húmedo
Oliver esperó un par de minutos, en realidad no podía decir si fueron pocos o muchos. Salió del cuarto de baño y caminó hacia la puerta para poner el seguro.
Volvió sobre sus pasos y miró a Sebastián dormido en el incómodo sillón. El muchacho lo miró por un largo tiempo antes de arrodillarse para verlo más de cerca.
Sebastián tenía ojeras y solo ahora podía ser capaz de verlo, había estado tan concentrado en querer hablar con él, y luego en su discusión que no había reparado en lo pálido de su