Capítulo cuarenta y cuatro. Un perfecto intercambio
Sebastián caminó de un lado a otro como lo hace una fiera en su jaula, fuera de su hábitat. Se sentía como una fiera a punto de devorar a su presa.
Caminó, se mesó el cabello. Se sentó y repitió el ritual un par de veces antes de salir de la biblioteca y reunirse con el jefe Davis y Caleb.
—¿Victoria? —preguntó.
—Me tomé la libertad de pedirle que subiera a descansar. No ha dejado de llorar y estoy preocupado. No sé qué decirle y mucho menos como consolarla.
—Vamos a encontrar a Oliver, Caleb.