Capítulo treinta y cuatro. ¿Sales con él?
«¿No se ven divinos?»
«¿No se ven divinos?»
«¿No se ven divinos?»
«¡Mierda! ¡Por supuesto que no se miraban bien juntos! ¡Jamás se verían bien juntos!», pensó Oliver, mientras le dedicaba una mirada dura a Lucero.
—¿Qué pasa? ¿Qué dije? —preguntó la muchacha al ver la cara descompuesta del hombre.
—Pues olvidas que Sebastián es el esposo de mi hermana —soltó y jamás aquellas palabras le dejaron un sabor amargo como en ese momento.
—Bueno, tendrás que perdonarme. Pero tu hermana jamás le sido fi