436. EL MANITAS Y ROSA

En mi casa en Roma, mientras todos se encontraban en Palermo, me había cansado de gritar, pero nadie vino en mi auxilio. Me dolían los brazos, las piernas y el cuerpo de tanto tirar de las cadenas. Pero nada había dado resultado; lo único que conseguía era lastimarme. Pienso una y otra vez en una manera de engañar de nuevo a Giovanni. ¿Por qué cambió tanto? Siempre fue muy dócil, el mejor y más tonto de los Garibaldi

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