Mundo ficciónIniciar sesiónSi un día una hermosa mujer vestida de novia se lanza en tus brazos y te pide que la salves, ¿qué harías? ¿Te la llevarías contigo? ¿La salvarías? Pero… ¿qué pasa cuando te despiertas al otro día con una terrible resaca sin acordarte de lo sucedido, con un anillo de matrimonio en tu dedo y un certificado de matrimonio a tu lado? Gerónimo Garibaldi, ha tenido poder, estatus y riqueza desde su nacimiento. Enamorarse y contraer matrimonio no estaba en sus planes. Él sólo quería ayudar a la desconocida que le pareció conocida y que necesitaba su ayuda. Despertarse casado, nunca estuvo en sus planes, sobre todo si ella ha desaparecido. Ahora su vida está de cabeza, llena de preguntas sin respuestas y un matrimonio con alguien que no conoce. —¿Qué vas a hacer ahora mi hermano? —¡Tengo que encontrar a mi desconocida esposa para que deje de serlo!
Leer másLa vida es como un carrusel, siempre llena de sorpresas. Sentado ahora aquí en mi hermosa casa, observando a toda mi familia reír y compartir entre ellos, a mis hermosos hijos y mi linda esposa embarazada por tercera vez, pienso en todo lo que tuvimos que pasar para llegar aquí. Mi manera loca de vivir mi vida antes de conocerla, y después de hacerlo. Porque aunque soy todo un hombre felizmente casado, con dos hijos y otro en camino, no dejo de experimentar y vivir junto a ella momentos de infinito amor. —¿Qué te tiene tan pensativo, mi hermano? —pregunta Guido, sentándose a mi lado. —La vida, mi hermano, la vida —contesto con una sonrisa. —¿Te arrepientes? —pregunta, mirándome intrigado. —Ni por un segundo —respondo de inmediato—. Volvería a pasar por las mismas cosas con tal de estar así como ahora. —¿Recuerdas lo desesperado que estabas cuando no encontrabas a tu desconocida esposa y los celos que te comían? Realmente te comprendía muy bien, mi hermano —confiesa Guido, si
GERÓNIMO:El silencio en el salón fue tan profundo que parecía que todos habían detenido incluso su respiración. Mi Cielo, con las manos aún en su vientre, clavó sus ojos en mí. En su mirada había una mezcla de sorpresa, miedo y algo más que no podía descifrar en ese momento. Mi corazón palpitaba con fuerza, temiendo lo que pudiera responder. —¿Me lo ocultaste? —susurró finalmente, casi inaudible. Asentí, apretando los labios. Sabía que este momento llegaría y que tendría que enfrentar su enojo. Pero también sabía que había decidido hacerlo porque ella jamás habría tomado la iniciativa. —Están bien, Cielo, están bien. Ahora estoy consciente de tu estado y los he cuidado —le aseguré enseguida, tomando sus manos. —¿Te das cuenta de que el futuro Gerónimo está bien sujeto a ti? Eres una mujer sana, no le pasará nada. —¡Eres un irresponsable! —exclamó en medio de una gran sonrisa y lágrimas de felicidad. —Ahora entiendo por qué te negabas estos meses a hacer cosas. ¡Gracias, amor,
GERÓNIMO:Mi corazón no dejaba de palpitar al compás del suyo, como si el universo estuviera en sincronía con este instante eterno. Tomé su mano con firmeza, deseando transmitirle que la única certeza que me movía era ella. —Cielo mío, no pienses en eso —le pedí de inmediato. —Solo deja que cuide de tu alma rota. Quiero ser tu apoyo, quiero que juntos construyamos una vida para los dos. No quiero separarme de ti nunca. Estoy enamorado de ti, mi Cielo. Amo tus hermosos ojos verdes que nunca olvidé, tus lindas sonrisas dedicadas a mí, adoro ver tu pelo volar al aire libre, resplandeciendo con los rayos del sol. Amo reposar mi cabeza en tu pecho y escuchar cómo se acelera el ritmo de tu corazón por ello. Te encontré, mi Cielo, al fin te encontré. Eres el mayor tesoro que tengo en mi vida, y como tal te cuidaré el resto de ella. La sentí suspirar y vi cómo las lágrimas volvían a rodar por sus mejillas. La estreché fuerte contra mi pecho. Comencé entonces a hablarle y a describir todo
GERÓNIMO: ¿Podía pedirse más? Mi familia, mis amigos, mi esposa, todo era perfecto para mi estado emocional o eso creí, hasta que sus ojos verdes me miraron. Y aunque todavía no recordaba nada, de la manera desmedida que todos me decían que yo la amaba, algo en esos ojos verdes que no le hacían compañía, a la sonrisa que esbozaban sus labios, me advirtió del peligro. ¡Mi Cielo se estaba apagando, perdida en el dolor! Me acerqué despacio sin dejar de observar el nerviosismo, que hizo que su labio inferior se estremeciera apenas imperceptiblemente para otros, pero no para mí. Conocía ya cada palmo de su cuerpo, cada expresión de su bello rostro, y lo supe. Mi Cielo, mi alma sufría por la pérdida de nuestro bebé, al ver a los demás con los suyos y lo ocultaba de mí. La atraje despacio apretándole fuertemente contra mi pecho, tomé su cintura y de un pequeño impulso, hice que subiera a horcajadas sobre mí. Tomé mis llaves, su bolso y salí de allí. Donde todos emanaban felicidad y me la
OLIVER:Se había formado un caos monumental. Las jóvenes, aún vestidas con los magníficos y delicados diseños de novia, corrían de un lado al otro intentando deshacerse de los vestidos sin dañarlos, mientras gritaban instrucciones confusas entre ellas. Yo, en medio de todo, luchaba por mantener la calma, pero la tensión me aplastaba el pecho. Cada hilo, cada costura de esas piezas era mi esfuerzo, mi arte, mi orgullo. Los vestidos parecían bailar entre el peligro de algún rasguño y las manos nerviosas de quienes los manipulaban. Filipo llegó como un huracán silencioso. Alto, imponente, con una presencia que hacía que hasta las respiraciones se sincronizaran a su ritmo. Se detuvo justo en medio de la habitación, cruzó los brazos con la soltura de alguien acostumbrado al mando y lanzó sus órdenes con voz calma pero letal, como un cuchillo afi
FABRIZIO:Darío, sentado junto a mí, jugaba con las teclas de su computadora, esperando recibir instrucciones en cualquier momento. Yo me quedé observando el reloj. Cada segundo se sentía como una eternidad. —¿Cuánto crees que tarde Luigi? —preguntó Carlos en voz baja, sin apartar la vista de la puerta del quirófano. La puerta del quirófano se abrió de golpe, y Luigi salió. Su expresión seguía siendo impasible, aunque su mirada brillaba. —Luigi —me levanté—, ¿cómo salió todo? —Muy bien, Fabrizio, muy bien —luego se giró hacia Darío, que permanecía sentado sin saber lo que sucedía—. ¡Felicidades, papá! Son una niña y un niño. Les faltan dos semanas, por eso están en la incubadora. Fabrizio, desgraciadamen
Último capítulo