Mónica se observó frente al espejo, acariciando su vientre plano, pasando sus dedos largos y estilizados por su piel nívea y delicada que tanto se cuidó desde su niñez. A sus treinta años se sentía vacía, seca, desprovista de luz. Su autoestima decayó desde que se dio cuenta que en su vientre no germinaba la semilla de la vida. Ansiaba ser madre, siempre lo quiso, siempre esperó estar embarazada, sentir las patadas de un bebé creciendo en su interior. Pero, llegó tarde, o eso se dijo.
Llevaba u